Una madrugada del mes de
mayo, antes de que se apagaran las estrellas, la doncella ensilló su yegua
blanca y huyó del castillo galopando veloz.
Los últimos rayos de la
luna proyectaban su sombra en la llanura callada y arrancaban brillantes
destellos de las lágrimas que, semejantes a joyas resbaladizas, se deslizaban
por sus mejillas.
Se oyó un trueno a lo lejos y ella pensó
que la lluvia le brindaba su ayuda, ya que el agua borraría sus huellas.
Ya tenéis lo que queríais, ¿qué más podéis pedir? Nos habéis arrebatado
todo, no nos queda trigo ni un maldito buey con que trabajar la tierra.
Arrasasteis campos y quemasteis bosques. Los
niños aúllan de terror al veros, huyen las mujeres al sentiros venir,
los ancianos se santiguan. Nuestra reina fue a hablaros. Pidió paz y
solo vio cómo hacíais prisionero a nuestro pueblo. Dio sus tesoros a
cambio de nada. Os reís de nuestra desgracia y en vuestros pétreos
corazones no cabe más desprecio.